domingo, 7 de noviembre de 2010

La sirena (relato ficción)

Sirena vuelve al mar
varada por la realidad




Esto que os voy contar sucedió hace ya algunos años, a finales de verano. 
Era un día gris y  desapacible. Las nubes cubrían todo el cielo. Hacía frío, llovía… Recuerdo estar allí, mojado, con el agua deslizándose por mis piernas, calado hasta los huesos .
Me estremecía, no sé si por culpa del viento proveniente del mar o por algún extraño presentimiento que aquel día rondaba en mi cabeza. Estaba encogido y agazapado bajo un destartalado paraguas, tratando de cobijarme de las inclemencias del tiempo, mientras aguardaba mi turno. Fue entonces cuando la vi por primera vez. 
Aún desde lejos, mi primera impresión fue de reconocerla, como si algo en ella me fuera familiar. Era la última de un grupo que se dirigía a la orilla y tenía un andar peculiar, un aire despreocupado que contrastaba con el del resto de sus compañeras. Podría decirse que, aún con su matiz distraído, poseía una elegancia natural, no refinada ni estereotipada. Sus movimientos eran semejantes a los de los niños, gráciles por su propia naturaleza. Cualquiera que la imitara no pasaría del ridículo, pero ella lo hacía de una forma que le sentaba bien. No era muy alta pero su figura era esbelta y bien formada lo que daba como resultado un conjunto armonioso, delicada y fuerte a la vez.
A medida que se aproximó, su silueta se fue definiendo y pude verle la cara. Era joven, calculo que pocos años por encima de la veintena, o eso aparentaba. En su rostro unos ojos vivos, que denotaban no haber perdido la alegría de vivir, se enmarcaban junto a una sonrisa radiante.
Ese es hoy, quizás, mi recuerdo más nítido, esa sonrisa luminosa. Era algo que llamaba la atención en un día tan gris. Me preguntaba que era lo que la movía a adoptar dicha expresión. 
Me fascinó tanto esa sonrisa que cuando estuvo cerca se me pasó por la cabeza llamarla y atraer su atención, pero luego percibí la ridiculez de tal pensamiento, ¿que podría yo decirle?
Seguí con la mirada su caminar sobre la playa, las huellas que iba dejando en la arena. Se movía fácil. A pesar de lo inestable del terreno su andar era ligero. Avanzaba con la gracia de una bailarina.
Pese a lo que pudiera pensarse el mar ese día no estaba muy agitado. Las olas rompían cerca de la orilla, suaves y sin apenas violencia, como si ellas también sintieran un respeto ante su presencia.
Sus compañeras ya estaban en el agua. Eran de su misma clase, elegantes y guapas, pero ninguna de ellas había atraído mi atención. Fijándome en la rezagada apenas había reparado en su presencia.
Apuró el paso y comenzó a introducirse en el mar. En su rostro enseguida se reflejó el contraste de las gélidas aguas. Su respiración se volvió entrecortada y, a medida que se adentraba, sus mejillas comenzaron a sonrojarse. Esto, lejos de hacerle perder encanto, como le ocurriría a la mayoría o como se podría pensar en un principio, dotaba a su rostro de un atractivo mayor.
Siguió caminando mar adentro hasta que el agua llegó a la altura de su pecho. En ese instante se paró. Permaneció unos momentos quieta, como si quisiera decidirse entre seguir adelante o darse la vuelta. No duró mucho la pausa. Al final se zambulló, su cuerpo se sumergió bajo las aguas y desapareció de mi vista.
Durante unos instantes la busqué con la mirada…
Segundos más tarde la vi emerger, como si de un delfín se tratara. Se había producido un cambio en ella, una metamorfosis. Su habilidad y fluidez en el agua eran aún superiores a las que mostraba en tierra. En pocas brazadas alcanzó al resto del grupo.
Me deleitaba observando cada uno de sus movimientos… parecía como si realmente el océano fuera su hábitat y la tierra firme algo accidental.
Me quedé ensimismado, fascinado, bajo el efecto de algo parecido al síndrome de Stendhal. No sé cuanto tiempo permanecí así, embobado, con la mirada perdida en el agua...
Súbitamente algo reclamó mi atención y noté que alguien me agarraba del brazo. Volví mi cabeza y observé a mi alrededor. Una serie de personas me miraban de forma inquisitiva. Las que tenía enfrente estaban sentadas tras una especie de mesa, el resto de pie. Todos estaban muy agitados.
Me asusté, no entendía lo que decían, quizás porque hablaban todas a la vez.
Me sentía confuso, como si acabara de despertar entonces de un largo sueño. No podía comprender lo que querían de mí.
En un momento uno de los que estaban sentados se levantó con malos modos, se dirigió a mí y me puso una bolsa en la mano.
- ¡Pero quieres hacer el favor de recoger tu dorsal de una vez!

CONTINUARÁ... O NO
 foto flickr

5 comentarios:

Furacán dijo...

Como estoy con el curso de entrenador de tri y no puedo competir a falta de crónica dejo un relato que escribí el otro día mientras esperaba a que me cambiaran la batería al coche. Es todo ficticio aunque en parte inspirado en la realidad, sirena incluida :-)

tritata dijo...

mmmmmm Furi!seguro q es ficticio,ejem,me ha gustado mucho,muy bonito,me parece q no sólo soy yo la q es capaz de transmitir sensaciones.
pd:ya casi estoy apuntada al leiroman,a ver si voy mañana al banco,
un besote inmenso!

Xavi Garcia dijo...

...mmm bonito sueño, no?

Saludos desde Hong Kong!

¨XTB¨Xavi.

Mildolores dijo...

Ya sabes lo que me gustan a mi este tipo de relatos ;)

Furacán dijo...

Tritata, gracias! jeje siempre hay algo más o menos real o como decía V de vendetta que echaron ayer en la tele decir mentiras para contar una verdad. Ya te he visto apuntada, valiente!! me alegro un montón de que vengas.

Xavi, sueño o realidad? a gusto del lector jeje Un saludo!

Mildo, claro, precisamente me inspiré en lo tuyos maestro ;-)